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Memoria para conversar
Somos lo que recordamos. Esta ineludible verdad nos debería
llevar a reflexionar sobre nuestra increíble y misteriosa
capacidad para recordar hechos, imágenes o palabras que llegaron
a nuestra alma a través de los sentidos tiempo atrás.
¿Por qué no somos capaces de recordar qué comimos
ayer, pero siempre llevamos con nosotros aquella mirada, aquella
sonrisa o aquella frase que nos pronunciaron de manera pretérita?
¿Qué recuperamos del cajón de la memoria de
aquellos años dorados en qué éramos niños?.
Cada sujeto relatará, sin duda alguna, episodios diferentes
de aquel momento, y aunque creamos que hablamos de lo mismo, no
estaremos hablando del mismo recuerdo, porque siento decirlo, los
recuerdos son tremendamente personales, al menos los afectos que
acompañan a estos. La memoria no es un cajón con carpetas
dónde tengamos archivada toda nuestra vida con fechas y nombres,
es otra cosa.
En psicología cognitiva experimental de
la memoria, hay dos efectos que llamaron mi atención hace
algún tiempo, uno es el efecto de primacía y el otro
el efecto de recencia. Estos vienen a decir que ante una serie de
elementos que nos dan para memorizar, generalmente recordamos mejor
los primeros y los últimos de la lista que los del medio.
Esto nos ocurre frecuentemente con libros, películas, conversaciones
o cualquier hecho del que luego deseemos conversar. Más tarde,
cuando me dejé seducir por el psicoanálisis, entendí
que el recordar siempre es un acto de construcción simbólica.
Ni recuperamos los hechos exactamente como fueron, ni necesariamente
los primeros o los últimos. Cuando nos esforzamos en recordar,
construimos de nuevo aquello que creemos que nos ocurrió.
Nuestra vanidad consciente nos engaña y nos hace creer que
realmente aquello es lo que ocurrió, pero ¿alguien
sabe lo que allí aconteció?. Nadie, para el sujeto
sólo existe su realidad psíquica. Muchas veces recordamos
aquella escena con toda su carga afectiva, otras fantaseamos con
lo que hubiéramos deseado que ocurriera, y en otros casos,
la fuerza del deseo de que allí aconteciera algo diferente,
nos lleva a construir un nuevo recuerdo que borra el primero. ¿Cuál
es el real? No importa, nunca lo sabremos.
Lo que importa es conversar, hablar de algo en
cualquier momento. ¿Y si me olvido?. Pues el olvido también
es una forma de recordar. Recordar que ningún olvido es fruto
del azar, si el azar en la realidad física no es concebible,
¿por qué debe serlo en la realidad psíquica?
Además el olvido también nos permite hablar de qué
impide que recordemos.
Tanto los recuerdos como los olvidos nos permiten
hablar y acceder así a la condición humana, como aquel
niño que en la oscuridad de la noche le pedía a su
padre que le hablara porque así sentía más
luz en aquella negra habitación
Daniel Cañero
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