ARTICULOS
Lecturas prohibidas
Buscar en los libros una metáfora de la
felicidad es un deseo que pueden transmitir los adultos a los más
pequeños. Actualmente muchos padres se quejan de las pocas
ganas de estudiar que tienen sus hijos, parece que perdieron el
hambre de conocimiento al estar sobrealimentados de otros placeres
más inmediatos.
En América, llaman a los libros recomendados
en el colegio besos de la muerte, ya que se supone que ahogan toda
chispa de excitación que puede producir traspasar el índice
de un manual o novela. El que un ser humano experimente placer con
una acción que escapa, en muchos casos, al ocio consumible
recetado por la sociedad, parece que es considerado tabú
para nuestros niños y jóvenes.
Desde la escuela leer es un deber, y como todo
deber impuesto, levanta resistencias en los sujetos. Pero antes
que la escuela, el niño ha desarrollado su deseo de saber
investigando de donde sale su pis y su caca y de dónde vienen
los niños. Así este deseo de saber se debe ir encauzando
pacientemente. El niño desea, en muchos casos, lo que desean
sus seres allegados ¿No habéis pensado nunca en expandir
la ardiente mirada que se desprende al leer un poema, un cuento
o un relato? Cuando el adulto detiene su mirada sobre un objeto
de su interés, en este caso material escrito, tiene la magia
de dirigir la mirada del niño sobre eso. Siempre deseamos
lo que al otro parece provocarle placer, sin saber si nosotros también
gozaremos de eso; además dicho proceso aparece de manera
automática.
No es raro encontrar padres cuya conversación
habitual en la mesa es quejarse de sus respectivos trabajos, como
si fueran sus focos principales de displacer y, en cambio, anhelan
fervientemente las vacaciones, el fin de semana, dormir o tenderse
en el sofá frente al televisor, como fuentes únicas
de placer y diversión. Ahí es donde ese pequeño
que se cree que no escucha, percibe de alguna manera que la energía
dedicada a transformar el mundo debe ser mínima y lo mejor
es invertir todo el tiempo que se pueda en procurarse actividades
para su ocio personal.
El deseo de saber de dónde vienen los niños
se debe transformar en deseo de conocimiento por el mundo. Esto
exige un cierto trabajo, no exento de placer, que si es ahogado
por los propios padres, aún sin saberlo, condenan a sus hijos
a un desinterés generalizado por el mundo que les rodea y
en el cual deberán crecer. Es ahí donde aparece la
caída de deseo y como síntoma el fracaso escolar.
Por suerte, sigue habiendo maestros que pueden
volver a encender la llama del deseo en sus alumnos, maestros que
siguen deseando fervientemente conocer y que tienen la capacidad
de transmitir esa energía y ejercer cierta autoridad, palabra
que procede etimológicamente de un vocablo latín que
significa “hacer crecer”.
Como conclusión, si es que se puede concluir algo de este
gran síntoma de principios del nuevo milenio, es que los
padres que acuden a consulta porque sus hijos “no quieren
estudiar” se deberían preguntar cuál es el deseo
ahogado en ellos, y que ahora devuelven sus hijos. ¿Habrá
que prohibir la lectura para despertar el deseo?
Daniel Cañero
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