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LA ¿RELACIÓN? DE PAREJA (i)
"... ES QUE NO ME LO DA TODO"
No he pertenecido nunca a esa gran secta
según cuya doctrina debe cada cual elegir,
entre la multitud, una amiga o un amigo,
y relegar a los demás, por buenos y discretos
que sean, al gélido olvido;
ésta es sin embargo la ley
moral moderna y el sendero trillado
que apisonan con paso cansino los pobres esclavos
que por la ancha ruta del mundo
se encaminan a su morada entre los muertos,
y así andan la jornada más pavorosa y larga,
encadenados con un amigo, quizás con un enemigo receloso.
Percy B. Shelley
Hoy en día es habitual escuchar frases como:
“Es que mi pareja no me lo da todo”. En la
mayoría de los casos, además de ser un reproche, se
convierte en el motivo por el cual la pareja decide separar sus
caminos. Acompañando al sujeto en un curioso recorrido por
sus relaciones amorosas podemos llegar a desentrañar el sentido
de esta frase.
Podemos pensar que la primera relación
que tiene un ser humano es con la madre, con aquella persona que
desempeña esa función de cuidarle, arroparle, alimentarle
y hablarle, teniendo en cuenta el estado de prematuración
y absoluta dependencia en la que nace el niño. Es una situación
idílica, completa, en la que la madre lo es todo para el
niño y el niño lo es todo para la madre. En este momento
el niño todavía no está en el mundo.Es con
la interrupción de un tercero, representado por el padre,
por un trabajo, por una afición de la madre, que el mundo
aparece para el niño. Es aquello que desvía la mirada
de la madre hacia otro lugar que no sea él lo que hace que
empiece a desear.
Ya en la adolescencia aparece el denominado “primer
amor” (que como vemos no es el primero): encuentro a
esa persona igual a mí que me da todo lo que necesito, que
sustituye a mis padres, a mis amigos, a la escuela.... “Mi
vida sin él no tiene sentido”. Cuando este amor
desaparece, todavía soy lo suficientemente joven como para
volver a construir un amigo, unos padres, una escuela...
Años después de nuevo encuentro
el amor. Me enamoro perdidamente, y esta vez sí que es él,
esta vez sí que es mi media naranja. Lo es todo para mí,
me completa. Sabe lo que quiero, se anticipa a lo que necesito.
Esta vez, igual que cuando era un niño, tampoco estoy en
el mundo. Me mira sólo a mí y yo le miro sólo
a él y mis pupilas se acercan a su llama como un vaso que
apaga el fuego de una vela, el fuego del deseo. No dejo que tenga
mundo, no dejo que mire a otro lado. Si él es lo único
que tengo lo “obligo” a ser mi madre, mi amiga, mi confesor,
mi hijo, mi jefe, mi hermano, mi proyecto... Más tarde o
más temprano –decepcionado– acabaré diciendo:
“Es que no me da todo lo que necesito”.
Quizás es que todo mi mundo no cabía
en él, quizás es que confundimos adorar su figura
con amar su deseo, quizás es que nos olvidamos que en el
amor es necesario un tercero, cualquiera que sea su forma, que aliente
esa llama para que no se apague con mi abrazo.
María
del Mar Martín
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