ARTICULOS
LA ¿RELACIÓN? DE PAREJA (ii)
EL GAJO DE LA NARANJA
“Amor es, en consecuencia,
el nombre para el deseo
y persecución de esa integridad”
Platón
¿Quién no se cree hijo del mito de
Aristófanes y fiel buscador de su media naranja en el mundo?
Es normal conducirse por la vida como un alma carente cuya única
meta es buscar a aquel otro u otra que le complete. Y aún
llevando una feliz y dichosa relación de pareja, aparece
la pregunta incombustible: ¿y si él o ella no fueran
realmente mi media naranja? ¿Y si existiera en el mundo mi
alma gemela y yo estuviera perdiendo el tiempo con este hombre o
mujer, en el mejor de los casos?
La realidad cotidiana nos devuelve continuamente la prueba de que
la media naranja parece no existir, pero algo en el sujeto se resiste
a creerlo: esta relación no funcionó, porque en verdad
no era mi hombre o mujer... Qué vanidoso es el ser humano
que cree que le “toca” la posesión de otro ser.
Lamento comunicarles, queridos lectores, que creer en la media naranja
pertenece al mundo de lo ilusorio. ¿Creen que la Tierra es
el centro del Universo?, ¿creen que si empezamos a cavar
en el jardín de nuestra casa llegaremos a las puertas del
Infierno? ¿ creen que descendemos de Adán y Eva?.
Si tuvieran respuestas afirmativas a estas preguntas, no les animaría
a seguir leyendo, pero si no es así, ¿por qué
creer en la media naranja?.
El sentimiento de carencia en el ser humano es estructural y fundante
de su psiquismo, sentirse carente de algo que se desconoce es normal
y tiene varias maneras de ser resuelto. Una sería la anterior
que hemos propuesto: buscar la otra mitad y creer que ese otro u
otra me completará. Luego la realidad, así como lo
que en psicoanálisis enseña el complejo de castración,
que nada es todo y nada es definitivo.
De la búsqueda de completud no se puede escapar, pero como
sé que resulta muy duro desterrar un mito tan arraigado como
el de Aristófanes, les propongo que se contenten con gajos
de la naranja, una naranja que nunca estará completa, entre
otras razones porque nunca podremos volver a los brazos de mamá,
allí donde sentíamos tenerlo TODO.
Concebir al Otro como gajo implica por un lado, un acercamiento
al mundo de los humanos, un mundo dónde no hay gajos imprescindibles,
sino sustituibles. Y por otro lado, aceptar que yo también
soy un gajo para el otro u otra. Algo parcial para su vida, que
en ningún caso será esférica, ni completa,
ni cíclica, sino fragmentada y guiada por la trayectoria
del deseo.
Daniel Cañero
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