ARTICULOS
Sobre los recuerdos encubridores
Freud, en uno de sus escritos, relata los recuerdos
infantiles de un hombre de treinta y ocho años. Éste
cuenta que, a la edad de tres años cumplidos, abandonó
el pequeño poblado donde nació para trasladarse a
una gran ciudad. Todos los recuerdos de este hombre se desenvuelven
en aquel poblado y ,por tanto, corresponden a su segundo y tercer
año de vida. Así cuenta sus recuerdos desde el abandono
de su primera residencia:
"Veo un prado rectangular, algo empinado, verde y de tupida
vegetación; dentro de lo verde, muchísimas flores
amarillas, evidentemente son de diente de león común.
En lo alto del prado, una casa campesina, ante cuya puerta están
de pie dos mujeres que conversan animadamente entre sí: la
campesina, de pañuelo en la cabeza, y una niñera.
En el prado juegan tres niños, uno de ellos soy yo (entre
dos y tres años de edad), los otros dos mi primo, un año
mayor, y mi prima, hermana de él, que tiene casi mi misma
edad. Cogemos las flores amarillas y cada uno tiene en la mano un
número de flores ya cogidas. El ramillete más hermoso
la tiene la niñita; pero nosotros, los varones, como obedeciendo
a una consigna caemos sobre ella y le arrancamos las flores. Ella
corre llorando cuesta arriba por el prado y recibe como consuelo
de la campesina un gran trozo de pan negro. Apenas nosotros lo vemos,
arrojamos las flores, nos precipitamos también hacia la casa
e igualmente pedimos pan. Lo recibimos también, la campesina
corta el pan con un cuchillo largo. Este pan me sabe exquisito en
el recuerdo; y con esto se interrumpe la escena".
El amarillo de las flores resalta demasiado del
conjunto y el buen sabor del pan le parece también, como
si, alucinatoriamente, lo exagerara. Según cuenta, en la
ciudad nunca se sintió cómodo y añoraba los
hermosos bosques del solar natal. Volvió de visita a los
diecisiete años a casa de una familia amiga y tuvo la oportunidad
de comparar el bienestar de un pueblo con la ciudad. Esta familia
tenía una hija de quince años de quien se enamoró
en seguida.
Pensaba que si hubiera permanecido en el solar
natal, se habría criado en el campo, tan vigoroso como los
hombres jóvenes de la casa, los hermanos de la amada…
y, entonces, habría continuado la profesión de su
padre, casándose al fin con la muchacha.
Dice que ahora la chica se ha casado y cuando la
ve le resulta extraordinariamente indiferente. Sin embargo, cuenta
que puede acordarse con precisión de cuán largo tiempo
siguió ejerciendo efecto sobre él el color amarillo
del vestido que ella llevaba en el primer encuentro.
El paciente cree que su padre y su tío forjaron
el plan de que él dejara los estudios por otra aplicación
más práctica, y después de terminada esa preparación
se radicara en el lugar de residencia de ese tío y tomara
por esposa a su prima.
Freud interpreta esto de la siguiente manera: De
la escena infantil destacó, como el elemento más intenso,
que le supo exquisito el pan campesino. Esto se corresponde con
"aquella idea de su fantasía, que de haber permanecido
en el solar natal, casándose entonces con aquella niña
(del vestido amarillo) , cuán cómoda le hubiera resultado
la vida o, expresado simbólicamente, cuán bien le
habría sabido su pan, por el cual debía luchar tanto
en ese tiempo posterior. Por otra parte, en la escena de infancia
tiene elementos que se pueden referir a la segunda fantasía,
la de haberse casado con su prima. Arrojar las flores para trocarlas
por un pan no parece un mal disfraz para el propósito que
su padre tenía: debía abandonar sus ideales poco prácticos
y abrazar “un estudio para ganarse el pan”.
Como vemos, en el caso que cuenta Freud, cada una de estas fantasías
sofocadas tiene la tendencia a tomar el desvío de una escena
infantil y la huella nmémica “significante” ofrece
puntos de contacto con la fantasía.
Mediante las asociaciones del paciente, Freud consigue
la conexión entre el recuerdo encubridor y el encubierto.
Así, estos recuerdos no nos muestran cómo fueron los
primeros años, sino cómo han aparecido en tiempos
posteriores, es decir, en el momento en que son relatados.
Aquello que denominamos nuestro carácter
reposa sobre las huellas mnémicas de nuestras impresiones
y,precisamente, aquellas impresiones que han actuado más
intensamente sobre nosotros, o sea, las de nuestra juventud, son
las que no se hacen conscientes casi nunca.
Tal y como vemos en el caso que relata Freud, el
recuerdo se construye, es decir, no hay nada previo y se construye
mediante el trabajo analítico en el decir.
El estudio de los recuerdos encubridores nos presenta
un significativo indicio de las íntimas relaciones existentes
entre el contenido psíquico de la neurosis y nuestra vida
infantil, en ambos casos se presenta una singular amnesia, total
o parcial de los contenidos.
Lo que recordamos no es exactamente el recuerdo
en sí, sino ciertas impresiones que han sido sustituidas
por otras para encubrir el significado real que tiene para el sujeto.
Eva Font García
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