Gabinete de Psicoterapia
   

 

 

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Crecer -algo se gana, algo se pierde-


“Hablar de la melancolía, como del sueño,
es hablar de uno mismo ya que soñar
soñamos todos y perder algo amado y
valioso en la vida a todos
nos ha ocurrido, nos está ocurriendo”.

Emilio González
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A lo largo de nuestra vida avanzamos y retrocedemos, abandonamos, perdemos. Conquistamos personas, lugares y recuerdos. Estamos entramados en un sinfín de cambios que puntúan a ritmo acelerado o calmado cada paso que damos. En todos esos cambios, que conforman el crecimiento de cada uno, algo se gana y algo se pierde.

Todos conocemos y hemos pasado en algún momento por un proceso de duelo ante la pérdida de un ser amado, de un trabajo, de un ideal o de una patria. De algo que creíamos poseer y después desaparece. Ante esta situación aparecen la tristeza y la desgana que, en mayor o menor medida, invaden al sujeto.

Lo que normalmente me hacía feliz ya no lo hace. Todo me recuerda a aquello que perdí y la vida tiene un color gris que hace que pierda la sonrisa. Poco a poco [el tiempo lo cura todo, dicen] este estado remite, poco a poco puedo volver a desear. Pero ningún cambio es gratuito, cada vez que modifico algo he llevado a cabo un trabajo y el duelo es precisamente eso: un trabajo. Durante el proceso de duelo voy desvinculándome, despegándome de todas esas frases, lugares, recuerdos que me unían al objeto perdido para, así, poder amar y desear otra cosa. Entra aquí en juego la culminación del proceso del duelo: la sustitución.

Nací y crecí en aquél hermoso país del que a una avanzada edad me tengo que despedir. Pero no me despido sólo del trozo de tierra, me despido de todos los proyectos que pensé llevar a cabo allí. Me despido de su cultura, de las frases que me dijeron, de los lugares por los que pasé. Por este motivo, si al emigrante le preguntan ¿qué perdiste? La respuesta no puede ser únicamente “mi país”, ya que junto con a su país perdió cientos de cosas más. Y en general, son todas estas pérdidas, las asociadas al objeto, las que deben ser sustituidas, porque de país ya cambió. La pregunta sería entonces: ¿Qué perdí con lo que perdí?

El duelo es considerado un proceso normal, es un trabajo saludable que debe realizarse ante toda pérdida. Pero si no conseguimos sustituir, si mantenemos los lazos con el objeto perdido caemos en la melancolía [comúnmente llamada depresión]. Es decir, la melancolía es un duelo no resuelto, un trabajo sin culminar. Me quedo congelado en la pérdida, la tristeza y la desgana y toda mi energía queda vinculada al objeto amado impidiéndome desear otra cosa, impidiéndome crear nuevos lazos para seguir caminando.

Por un lado, asociamos la depresión a la pérdida de personas amadas: la ruptura con una pareja, la ausencia de un familiar, la muerte de un ser querido. Pero es muy frecuente que la depresión aparezca ante pérdidas de otro calado, como la del emigrante.

Por otro lado, el hecho de que no sepamos qué hemos perdido con lo que hemos perdido facilita los casos en los que la depresión aparece aparentemente “sin más”, sin motivo alguno. Todo va bien y de repente me deprimo. En estos casos deberemos investigar cuál fue la pérdida, ya que ésta aparece de forma totalmente ajena al deprimido.

Cuando hablamos de crecimiento debemos tener en cuenta el duelo, y en muchas ocasiones la melancolía. Cada vez que crezco, cada vez que cambio, en algo me tengo que despedir de ese que era antes. Esto cuestiona permanentemente la noción de “ser” a la que estamos acostumbrados: “Soy catalán, soy casado, soy celoso, soy pobre, soy bueno, etc.” Si cambio de ciudad, dejo de estar casado, cambio de clase social, etc. tendré que hacer el trabajo de duelo por aquél que era y que ya no seré más y tendré que sustituir ese lugar que ocupaba por uno nuevo todavía por conquistar.


Mª del Mar Martín

 

 

 

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