¿El trabajo da felicidad?

Inspirado en la conferencia homónima ofrecida en el EPBCN, dentro del Ciclo de encuentros Psicoanálisis de la vida cotidiana, el 11 de junio de 2010, junto a Mª del Mar Martín.

 “Lo que de tus padres heredaste debes adquirirlo a fin de poseerlo”.

Wolfgang Goethe

Nada de lo que heredemos —y no se trata sólo de dinero o de propiedades, sino de toda herencia— será utilizable o será propio sin un trabajo por nuestra parte. La primera herencia que uno recibe es la de pertenecer a una especie, la especie humana. Y con esa herencia viene otra: una existencia regida por el principio de placer, que consiste en la tendencia del aparato psíquico a permanecer siempre con el menor nivel de excitación posible. Por ese camino, por el de la inacción, el sujeto moriría en poco tiempo: en busca de que nada lo perturbe, de quedarse quieto, a ser posible dormido… perecería por inanición y deshidratación.

A propósito del placer, viene a cuento un experimento de laboratorio que se realizó en 1954. Mientras estudiaba la estimulación de ciertas áreas en el cerebro de ratas, el neuropsicólogo James Olds colocó electrodos en una parte del sistema límbico de los animales, en un área del encéfalo relacionada con el procesamiento de las emociones. El resultado fue que las ratas, estimuladas de modo placentero, buscaban las descargas eléctricas continuamente, presionando el dispositivo que las producía, hasta 5.000 veces consecutivas. Murieron, literalmente, de placer. Salvada la diferencia entre el humano y la rata, sirve el ejemplo para ilustrar hasta dónde se puede llegar si uno se instala en el principio de placer. Por decirlo de otro modo: el ser humano, si no trabaja, derrapa irremediablemente hacia la enfermedad.

Para ver lo importante que el trabajo es en nuestra vida basta con mirar una tarjeta de visita: junto a otros datos aparece la profesión, el cargo, lo que dice a qué se dedica el dueño de la tarjeta. De hecho, cuando alguien se presenta, por lo general, no dice “soy Fulano y trabajo de tal cosa”, sino “me llamo Fulano y soy tal cosa”, como si eso que hacemos nos constituyera un ser. Es decir, que para ser es necesario hacer.

Desde el punto de vista del psicoanálisis, el trabajo es la postergación que impone la realidad para la realización de un deseo y, sobre todo, es un valor que permite al sujeto entregar algo a la sociedad a cambio de lo que recibe de ella. Esto nos permite pensar el trabajo como un vehículo no sólo para ganar dinero que después invertiremos de tal o cual manera, sino para tejer un entramado en el que adquirimos un compromiso. ¿Con quién? Con el mundo, con nosotros mismos y con todos.

El trabajo se puede medir por el valor del esfuerzo, que da la verdadera medida del resultado de ese esfuerzo. Esta distinción es fundamental para el psiquismo, porque significa que después de una primera etapa, la de la infancia, donde se premia el esfuerzo independientemente del resultado de lo que se hiciera, viene otra en la que el sujeto obtiene una retribución de acuerdo al resultado de la obra que realiza. Esa gente que se dedica a trabajos que hace a desgana, de cualquier manera, perdiendo el tiempo, escaqueándose, para luego quejarse de que cobra una miseria, ¿qué edad mental tiene? ¿Son adultos o siguen en la niñez?

También da para pensar dónde están los límites del dinero. Hay sujetos a quienes les resulta impensable poder ganar más de mil, dos mil, tres mil euros al mes. Y, claro, nunca encuentran trabajos que les permitan ganar más que eso, lo que les lleva a pensar que no hay trabajos buenos. Y decirencuentran no es ocioso: es gente que tiende a pensar que los trabajos están ahí, escondidos, agazapados, y que su tarea consiste en encontrarlos, nunca en hacer un trabajo previo —como una formación— que produzca esos buenos trabajos.

Ese trabajo previo bien puede ser el trabajo del análisis, poderoso dispositivo para modificar la vida psíquica. Es decir, la vida del sujeto y de la sociedad en la que está inmerso.

Fabián Ortiz