La dimensión inconsciente del dinero

La crisis, el paro y otras consecuencias de la devastación generada por quienes mueven los hilos de macroeconomía globalizada han instalado en el psiquismo de muchos la creencia —cuando no la convicción— de que las cosas cotidianas son de una manera, de una sola, y de una manera que no es posible cambiar. “No hay trabajo” (o “no hay trabajos buenos” o “el trabajo es un asco”), “el mundo es una porquería” y otras afirmaciones por el estilo corren de boca en boca, amplificadas por los altavoces mediáticos, hasta configurar esa realidad que cada sujeto incorpora para sí y que condiciona su vida.

Decir que sí hay trabajo, que sí hay trabajos buenos y que trabajar es la única manera que posee el sujeto de modificar el mundo en el que vive puede sonar hoy hasta subversivo, pero resulta necesario; por lo tanto, que quede dicho: hay trabajo, hay trabajos buenos y trabajar es la forma de actuar en la realidad para cambiarla. Pensar lo contrario es, además de adquirir con mansedumbre el discurso imperante, buscar una justificación inconsciente para el inmovilismo, para que siga reinante esa dimensión ideológica del dinero heredada de lo familiar. Dicho de otra forma: el dinero es algo psíquico, no es nada de la realidad. Por tanto, analizar la dimensión inconsciente del dinero permite modificar esa aparente realidad única e inmodificable.

El dinero es uno de los más poderosos elementos para el análisis de un sujeto. Así como en los albores del psicoanálisis la sexualidad se convirtió en vehículo y herramienta para explorar la subjetividad, más de un siglo después del nacimiento de esta ciencia es la relación del sujeto con el dinero lo que ha devenido un motor poderoso para el análisis (sin que por ello la sexualidad haya dejado de ocupar un lugar destacado).

Para el hombre de hoy, la sexualidad como secreto mejor guardado está en la cuenta corriente. Es posible e incluso demostrable que, con un par de copas de más o mediante alguna otra sustancia desinhibidora, alguien incluso no muy cercano desvele sus preferencias o fantasías mejor guardadas en cuanto a lo sexual. Sin embargo, pretender saber cuánto gana, dónde lo tiene, cómo lo gasta y otros detalles respecto de su dinero resulta una tarea titánica, cuando no imposible.

Determinadas cifras, topes salariales y otras ideas del sujeto con respecto al dinero no tienen que ver con la clase social, sino con las constelaciones edípicas, con la estirpe, con la herencia más preciada: la ideología (que siempre es inconsciente). Así, aparece una forma de dinero naturalizado: su manera de pensar el dinero es la manera de pensar el dinero. Los pobres piensan que los ricos son tontos, cornudos, aburridos, impotentes, infelices y una larga lista de menesterosidades espirituales. Los ricos piensan otras cosas así de los pobres, sometidos también a su determinado régimen ideológico.

Analizar la dimensión inconsciente del dinero puede resultar muy útil para operar los cambios hacia una vida mejor.

 Fabián Ortiz