Lo tengo todo… y no tengo nada

Juan, cuando era joven, a punto de terminar su carrera, anhelaba conseguir un buen empleo que le permitiera desarrollar sus ideas profesionales, aspiraba a tener una pareja con la que formar una familia, ser padre de al menos un par de hijos bellos e inteligentes, vivir en una casa cerca del mar, comprarse ese todoterreno lujoso que anunciaban en televisión como pasaporte a la felicidad, disponer de una habitación acondicionada para escuchar música y ver sus películas preferidas, pasar unas vacaciones en aquella isla paradisíaca que un día vio en un reportaje sobre viajes…

Juan, pleno de deseo, se puso manos a la obra, hasta que lo consiguió todo. Todo. Y ahora, apenas superados los cuarenta años, casado, padre de dos hijos hermosos, propietario de esa casa playera y de aquel todoterreno que no le impidió, aun siendo carísimo, hacer aquellas vacaciones de ensueño, con un trabajo bien remunerado que le permite largos ratos de ocio para su música y sus películas, se mira al espejo y se pregunta: ¿por qué me siento así, como vacío, sin ganas de nada? ¿Por qué no disfruto de mi mujer, mis hijos, mi coche, mi casa, mi tiempo de ocio?

Juan, un hombre cualquiera que bien podría ser una mujer cualquiera, forma parte del cada vez más nutrido grupo de seres humanos que creyeron que en sus proyectos de juventud se agotaban los proyectos. La comodidad psíquica es un síntoma y un síntoma es siempre una transacción que el sujeto hace a cambio de algo, casi siempre de un no saber, de un no saber sobre lo reprimido inconciente que anida en él. En el polo opuesto de la comodidad, es la dificultad, el displacer, lo que empuja al movimiento: basta con ver a los niños sobreprotegidos y saturados de pertenencias para adivinar qué dificultades encontrarán en su acceso al aprendizaje, a la investigación necesaria para recorrer los meandros del vivir.

Quien se aburre es un traidor, un traidor de su propio deseo. Como si el deseo fuera el depositario de una promesa inquebrantable, así hay que tratarlo; y como si esa promesa fuera “nunca te abandonaré”. Sólo que, aunque pudiera pensarse que la dirección de esa frase va del deseo al deseante, es exactamente en el sentido opuesto como opera para que funcione.

 Fabián Ortiz