La estafa de ser felices: tristeza y depresión

[Extracto del texto que sirvió de apoyo a la charla-coloquio, con el mismo título, del 16
de diciembre de 2015 en Cincómonos Espai d’Art, Barcelona]

Ser feliz es un anhelo que ha existido desde siempre en el ser humano y que ha sido
explorado por grandes pensadores. Sin embargo, estamos en una época donde este
concepto está corrompido por nuestra sociedad de consumo, como lo demuestran
algunos eslóganes publicitarios que utilizan la palabra felicidad o derivados.

– “Ser feliz cuesta muy poco” (Media Markt).

– “Destapa la felicidad”, “Haz feliz a alguien” (Coca-Cola).

– “Felicidad. Kinder Sorpresa nos da grandes momentos de felicidad”.

Estos eslóganes son ejemplos que indican que, hoy, la felicidad ha dejado de ser un
ideal, una aspiración, una meta a la que llegar, para convertirse… en un producto de
consumo que resultaría muy fácil de alcanzar (simplemente, comprando el artículo
publicitado). Y, además, sitúa la felicidad en un objeto externo; en este sentido, es
comprensible que muchas personas crean que serían dichosas si les tocara la lotería o
encontraran el (supuesto) amor de su vida.

Sin embargo, estamos ante un concepto de felicidad manipulado y enajenado. La
felicidad, sobre todo, se trata de una producción. Un lugar (simbólico) al que uno
aspiraría a llegar mediante un proceso de análisis y de indagación que puede llevar
toda la vida. Si dejamos que los artículos de consumo o que las fantasías de ser
millonarios o hallar un príncipe azul fundamenten nuestro concepto de felicidad,
estaremos dejando que nos estafen y, desde luego, nos estaremos estafando.

La estafa
Además, es pertinente también cuestionar la expresión “ser feliz”, donde ser remite a
un afecto que se alcanza y, una vez conseguido, uno se queda permanentemente
instalado en él. No hay nada más irreal que tratar la felicidad como algo que se
prolongará sin fin, y ahí cabe abordar los conceptos de tristeza y duelo.

El ser humano siente una resistencia innata a enfrentarse con aquellas emociones que
le causan displacer: rabia, angustia, asco, vergüenza y, desde luego, tristeza. Pero
experimentar tristeza y dejarse caer en un duelo es imprescindible para poder
trascender estos estados afectivos y alcanzar el bienestar.

El duelo, como reacción ante una pérdida (por la muerte de un ser querido, por una
ruptura sentimental, por una pérdida laboral, etc.), implica una serie de consecuencias:
la persona en duelo pierde energía, interés por el mundo y es incapaz de amar, de
gozar y de trabajar como antes. Todas estas reacciones son normales y es necesario
no molestar a quien atraviesa esta fase. Además, minimizar el duelo o creer que
pasará pronto es el camino más directo para agravarlo.

En un proceso de duelo se atraviesan diversas etapas (negación, rabia, negociación,
tristeza y aceptación) y, al final, la persona recuperará la energía con la que salir al
mundo de nuevo. Es decir, se produce un trabajo pesado, fatigoso, pero irrenunciable
para que el doliente salga de su tristeza; y es un trabajo que viene recompensado,
cuando finaliza, por una capacidad renovada para cargar el mundo.

Si el duelo es un proceso normal, con la depresión (a la que aquí llamaremos también
melancolía) se da un proceso patológico. La depresión es la plaga psíquica más grave
de nuestra sociedad (primera causa de baja laboral) y comparte con el duelo algunas
características: la persona deprimida siente una enorme tristeza y una tremenda
dificultad para amar, gozar, trabajar…

No obstante, y a diferencia del duelo, en la melancolía no se elabora ningún trabajo
para superar este estado. Al contrario, viene agravado por una serie de circunstancias
de la que destaca una que se da muy a menudo: el deprimido habla siempre mal de sí
mismo y lo airea sin cesar con frases del estilo “no sé cómo me podéis aguantar”. Ello
sucede porque se ha producido una pérdida inconsciente de algo amado que el
enfermo por depresión es incapaz de comprender, y que hace vital una terapia para
poder desentrañar el origen de su dolencia. Por desgracia, muchos deprimidos sólo
recurren a la medicación, lo que supondrá un parche (a veces, imprescindible) pero
de ninguna manera la resolución del conflicto psíquico.

La melancolía pone, además, en un compromiso al entorno del deprimido, que sentirá
culpabilidad si cree que desatiende al enfermo. Y éste, a su vez, puede caer en lo
que se llama el beneficio secundario de la enfermedad, que es quedarse anclado en
la queja depresiva ya que, pese a ser dolorosa, hace que todo el mundo esté
pendiente de él.

Si el duelo es un camino que nos puede reconducir a una vida plena, la depresión es
una sombra alargada que nos aleja, no ya de la felicidad, sino del simple intento de su
búsqueda, sea cuál sea el concepto de felicidad que se tenga en la cabeza.