¿Qué hago con mi vida?

[Extracto del texto que sirvió de apoyo a la charla-coloquio, con el mismo título, del 23 de noviembre de 2016 en Cincómonos Espai d’Art, Barcelona]

“Pensar es una actividad solitaria”. Con esta frase, según describe la película Hannah Arendt, recibe el filósofo alemán Martin Heiddeger la propuesta de la entonces alumna suya (Hanna Arendt), cuando ésta se presenta en su despacho y le pide que le enseñe a pensar.

Pensar es una actividad que nos hace humanos, pero, desde luego, es incómoda, porque cuestiona. Estamos en un momento histórico muy poco propicio al pensamiento, donde los estímulos son constantes, y eso hace que muchas veces se confunda pensamiento con ruido mental.

Por otro lado, pensar va en contra del principio de placer, que es aquel mecanismo psíquico que hace que el ser humano escoja el camino más inmediato, aunque a la larga sea el más tóxico, en su forma de actuar. En oposición a él, se encuentra el principio de realidad, que consiste en tomar decisiones más difíciles de llevar a cabo, pero que en última instancia van a resultar más provechosas.

¿Qué relación guardan estos dos principios con el pensar? El ser humano tiende hacia el principio de placer: en muchas ocasiones no reflexiona acerca de sus decisiones vitales y deja que las cosas que le ocurren sean decididas por los demás (por ejemplo, no plantearse qué desarrollo profesional se quiere en la vida y adoptar de forma acrítica el que deciden los padres; o escoger la pareja que les gusta a los amigos, etc.). Ahí donde debería aparecer nuestra libertad para decidir, nos podemos sentir atemorizados; sin embargo, no hacerse preguntas conduce al vacío existencial.

El sufrimiento atenaza al ser humano desde tres frentes: los poderes de la naturaleza (en relación, por ejemplo, a las catástrofes naturales), la finitud de nuestro propio cuerpo y los vínculos con los otros.

En relación a la finitud de nuestro cuerpo, es observable que actualmente hay una negación de la muerte, que se ha convertido en un tema tabú (así como el envejecer, como lo demuestran las crecientes intervenciones de cirugía estética). Pero si uno vive creyendo que es inmortal, desaparece la pregunta sobre qué hago con mi vida, porque siempre se creerá que hay tiempo para pensarlo. Muchas personas que se dedican al cuidado de enfermos terminales explican que la mayoría de pacientes lamentan “no haber sido más valientes”. Igualmente, esta incapacidad para pensar la muerte provoca que tampoco se elaboren las pérdidas vitales que acontecen y que pueden ser de muchos tipos (pérdida del trabajo, ruptura con un amigo, cambio de país…); por consiguiente, luego es mucho más probable que muchas personas caigan una y otra vez en los mismos errores.

En lo que se refiere a los vínculos con otros seres humanos, vivimos en una época donde, bajo la aparente era de la comunicación, se ha acentuado una desconexión interpersonal, debido a la banalización de los vínculos que se producen en algunas redes sociales y al recluimiento de muchos en sus propios gadgets tecnológicos. Por ello, tampoco podemos pensar al otro, y eso aleja a las personas en cuanto a los afectos, es decir, aquello que nos hace humanos. Eso, sin tener en cuenta la sociedad hiperveloz e hiperconsumista en la que estamos inmersos, que provoca una alienación palpable y una ansiedad creciente.

Aunque parezca contradictorio a primera vista, los vínculos sociales que construyamos serán más sólidos si, al mismo tiempo, nos damos espacios íntimos, solitarios, en los que reflexionar y ver si aquello que decidimos se consustancia con cada uno de nosotros o se remite al deseo de otros. Cada vez más, muchas personas utilizan un entorno terapéutico para despejar esta clase de incógnitas.

La pregunta ¿qué hago con mi vida? no se resuelve fácilmente, y puede llevar toda la vida. Pero plantearla en serio nos acerca a nuestra verdadera sensibilidad y a una existencia más plena, donde los sueños son propios y tienen sentido.

Laura Blanco y Carlos Carbonell