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Mañana será otro día ¿Funciona el carpe diem?

[Extracto del texto que sirvió de apoyo a la charla-coloquio, con el mismo título, del 15 de febrero de 2017 en Cincómonos Espai d’Art, Barcelona]

La formación reactiva es un mecanismo psíquico que consiste en que uno adopta una actitud, comportamiento o hábito que es justo lo contrario a un deseo inconsciente que alberga dentro de sí. Por ejemplo, una persona se puede mostrar hipermoral como formación reactiva a su deseo inconsciente de ser infiel a su pareja.

Este mecanismo puede llegar a formar parte del carácter de una persona y es muy difícil de cambiar, ya que se origina en la primera infancia y tiene que ver con aspectos de nosotros mismos de los que no queremos saber nada porque nos resultan desagradables, intolerables…

Las formaciones reactivas, sin embargo, también pueden darse a nivel colectivo, social. En la actualidad se está produciendo una muy tóxica, que tiene que ver con la necesidad imperiosa, agobiante, compulsiva, de mostrarse siempre feliz (como muestran de forma machacona, por ejemplo, la publicidad o las redes sociales). Esta inercia esconde y reprime, en cambio, la zozobra y la inquietud que atenazan a muchas personas en la actualidad.

En el poema Te deseo, de Víctor Hugo, se pueden leer los siguientes versos:

Te deseo de paso que seas triste.

No todo el año, sino apenas un día.

Pero que en ese día descubras

que la risa diaria es buena, que la risa

habitual es sosa y la risa constante es malsana.

Esa “risa constante” que Hugo califica como “malsana” es la que hoy se nos ofrece por doquier. La felicidad es obligatoria y, al igual que el amor o el sexo, se ha monetizado: se puede (presuntamente) comprar. Sin embargo, si nos creemos en la obligación de estar felices SIEMPRE nos ocultaremos a nosotros mismos afectos que nos pueden ayudar a crecer, aunque nos provoquen displacer, como la angustia, la tristeza o la frustración.

Atravesar por momentos de angustia o tristeza puede ser una brújula vital para darnos cuenta de que necesitamos hacer una serie de movimientos en nuestras vidas. En cambio, la represión de estos afectos nos aleja de nosotros mismos y nos infantiliza. Y puede llevar a crear síntomas neuróticos muy dañinos.

Además, la velocidad a la que transcurre cualquier cosa hoy día (fomentada por las nuevas tecnologías) dificulta que un ser humano pueda detenerse y conectar consigo mismo y alienta un modo de actuar de forma maquinal, de manera que se repiten patrones inconscientes de conducta que llevan a muchas personas a cometer los mismos errores o caer en las mismas situaciones una y otra vez (por ejemplo, siempre son despedidas por el mismo motivo, o traicionadas por su parejas o amigos, etc.). Todo ello, además, implica un gran gasto de energía psíquica que quita al individuo potencia de actuar.

Si, como dice mucha gente, “mañana será otro día”, se está evitando pensar en todo lo descrito arriba. Y la consecuencia de ello es que los problemas seguirán sin resolverse. Si queremos que mañana sea realmente otro día, es necesario que cada uno empiece, entre otras cosas, a renunciar a la estúpida ilusión de aparentar una felicidad falsa y constante y enfrentarse a lo desagradable.

¿Y el carpe diem? Podemos ver cómo está expresión, atribuida al poeta romano Horacio en el siglo VIII a.C., ha sido interpretada de manera interesada. Horacio hablaba de “vivir el momento” y sacar de cada instante el mejor provecho, pero no de vivir unos momentos y reprimir otros, como hace mucha gente en la actualidad. Vivir el momento significa vivir cada momento, incluidos los malos; y precisamente enfrentándonos, y no huyendo, de estos últimos es cuando sacaremos conclusiones importantes para nuestra vidas. Y, entonces sí, el carpe diem funcionará.

Laura Blanco y Carlos Carbonell

 

¿Qué hago con mi vida?

[Extracto del texto que sirvió de apoyo a la charla-coloquio, con el mismo título, del 23 de noviembre de 2016 en Cincómonos Espai d’Art, Barcelona]

“Pensar es una actividad solitaria”. Con esta frase, según describe la película Hannah Arendt, recibe el filósofo alemán Martin Heiddeger la propuesta de la entonces alumna suya (Hanna Arendt), cuando ésta se presenta en su despacho y le pide que le enseñe a pensar.

Pensar es una actividad que nos hace humanos, pero, desde luego, es incómoda, porque cuestiona. Estamos en un momento histórico muy poco propicio al pensamiento, donde los estímulos son constantes, y eso hace que muchas veces se confunda pensamiento con ruido mental.

Por otro lado, pensar va en contra del principio de placer, que es aquel mecanismo psíquico que hace que el ser humano escoja el camino más inmediato, aunque a la larga sea el más tóxico, en su forma de actuar. En oposición a él, se encuentra el principio de realidad, que consiste en tomar decisiones más difíciles de llevar a cabo, pero que en última instancia van a resultar más provechosas.

¿Qué relación guardan estos dos principios con el pensar? El ser humano tiende hacia el principio de placer: en muchas ocasiones no reflexiona acerca de sus decisiones vitales y deja que las cosas que le ocurren sean decididas por los demás (por ejemplo, no plantearse qué desarrollo profesional se quiere en la vida y adoptar de forma acrítica el que deciden los padres; o escoger la pareja que les gusta a los amigos, etc.). Ahí donde debería aparecer nuestra libertad para decidir, nos podemos sentir atemorizados; sin embargo, no hacerse preguntas conduce al vacío existencial.

El sufrimiento atenaza al ser humano desde tres frentes: los poderes de la naturaleza (en relación, por ejemplo, a las catástrofes naturales), la finitud de nuestro propio cuerpo y los vínculos con los otros.

En relación a la finitud de nuestro cuerpo, es observable que actualmente hay una negación de la muerte, que se ha convertido en un tema tabú (así como el envejecer, como lo demuestran las crecientes intervenciones de cirugía estética). Pero si uno vive creyendo que es inmortal, desaparece la pregunta sobre qué hago con mi vida, porque siempre se creerá que hay tiempo para pensarlo. Muchas personas que se dedican al cuidado de enfermos terminales explican que la mayoría de pacientes lamentan “no haber sido más valientes”. Igualmente, esta incapacidad para pensar la muerte provoca que tampoco se elaboren las pérdidas vitales que acontecen y que pueden ser de muchos tipos (pérdida del trabajo, ruptura con un amigo, cambio de país…); por consiguiente, luego es mucho más probable que muchas personas caigan una y otra vez en los mismos errores.

En lo que se refiere a los vínculos con otros seres humanos, vivimos en una época donde, bajo la aparente era de la comunicación, se ha acentuado una desconexión interpersonal, debido a la banalización de los vínculos que se producen en algunas redes sociales y al recluimiento de muchos en sus propios gadgets tecnológicos. Por ello, tampoco podemos pensar al otro, y eso aleja a las personas en cuanto a los afectos, es decir, aquello que nos hace humanos. Eso, sin tener en cuenta la sociedad hiperveloz e hiperconsumista en la que estamos inmersos, que provoca una alienación palpable y una ansiedad creciente.

Aunque parezca contradictorio a primera vista, los vínculos sociales que construyamos serán más sólidos si, al mismo tiempo, nos damos espacios íntimos, solitarios, en los que reflexionar y ver si aquello que decidimos se consustancia con cada uno de nosotros o se remite al deseo de otros. Cada vez más, muchas personas utilizan un entorno terapéutico para despejar esta clase de incógnitas.

La pregunta ¿qué hago con mi vida? no se resuelve fácilmente, y puede llevar toda la vida. Pero plantearla en serio nos acerca a nuestra verdadera sensibilidad y a una existencia más plena, donde los sueños son propios y tienen sentido.

Laura Blanco y Carlos Carbonell

Vivir en un infierno: obsesiones y fobias

[Extracto del texto que sirvió de apoyo a la charla-coloquio, con el mismo título, del 25
de octubre de 2015 en Cincómonos Espai d’Art, Barcelona]

Decir de alguien con una pequeña manía que vive en un infierno sería, desde luego, una exageración. Más bien, imaginamos que una vida de infierno está vinculada con hechos trágicos, dramáticos (por ejemplo, sufrir una guerra, una grave enfermedad…). Pero una persona tomada por las obsesiones, dominada por alguna o algunas fobias, puede sufrir enormemente.

Para entender cómo se generan los síntomas obsesivos y fóbicos debemos tener en cuenta, por un lado, que los mecanismos que nos hacen estar sanos o enfermos son los mismos; cuando estos mecanismos traspasan un cierto umbral, entonces aparece lo patológico. Por ejemplo: es bueno ser una persona ordenada, pero es enfermizo tener que doblar perfectamente toda la ropa antes de poder salir de casa; lo primero ayuda a vivir, lo segundo convierte la vida en una pesadilla.

Vivir en un infierno obsesiones y fobias

Y por el otro lado, es necesario tener muy presente que nuestro psiquismo está regido por el inconsciente, que es una instancia tremendamente enigmática. La mayor parte de lo que decimos, actuamos y sentimos tiene su origen en el inconsciente. Debido a que tenemos un inconsciente, reprimimos pensamientos y afectos que no nos gustan (por ejemplo, cuando sentimos agresividad hacia alguien); y también proyectamos pensamientos nuestros en los demás (por ejemplo, cuando uno cree que su pareja está de mal humor y, en realidad, es uno mismo el que está de mal humor). Estos mecanismos serán importantes para entender cómo se forman los síntomas obsesivos y fóbicos.

En las obsesiones, la persona ejecuta un ritual que no puede dejar de hacer, aunque le resulte ridículo, o está apresada por pensamientos de los que no puede escapar. Esto sucede porque hubo, anteriormente, una idea que no pudo tolerar, se reprimió y, en su lugar, aparecieron los síntomas obsesivos, para alejar esa idea de la conciencia.

Por ejemplo, Lucía tiene dos hijos. Un día, en casa, los niños estaban portándose muy mal y a ella se le cruzó el pensamiento “los tiraría por la ventana”. Obviamente, se trataba de una frase hecha, que nunca iba a llevar a la realidad, pero le causó tanta angustia que la reprimió y, a cambio, empezó a asegurarse, cada día, varias veces, de que todas las ventanas de casa estaban cerradas antes de salir a la calle, lo que le hacía perder muchísimo tiempo y energía. El problema es que Lucía no podía conectar, antes de su terapia, su acción obsesiva con ese pensamiento inicial, porque lo había reprimido y ahora actuaba en ella de modo inconsciente.

Mientras, en las fobias, lo primero que vemos es que aparece un miedo irracional. Es decir, uno puede sentir cierta aprensión a subir a un avión, pero de ahí a no poder montar jamás en uno hay una diferencia que convierte a la fobia en algo patológico.

Lo que se produce aquí es el intento de la persona de huir de un pensamiento indeseado a través de su objeto fóbico. Veamos otro ejemplo. Juan era un hombre con fobia a los ascensores. A Juan, un día, le asaltó el pensamiento de ser infiel a su mujer mientras estaba hablando con una compañera de trabajo en el ascensor; ello le resultó intolerable y lo reprimió. Y para salvaguardar esa represión, proyectó ese malestar interno en un objeto externo, y se volvió incapaz de subir a ningún ascensor. Esa fobia lo protegía de que apareciera el deseo de infidelidad en su conciencia.

Aquí aparece el mecanismo del que hemos hablado anteriormente, el de la proyección. Puso fuera de sí (en el ascensor) una problemática cuyo origen estaba dentro (el deseo de infidelidad). Obviamente, sin una terapia, el fóbico tampoco es capaz de descubrir el origen inconsciente de su síntoma.

Vemos que, tanto en las obsesiones como en las fobias, hay un intento de la persona de no sentir angustia. Los síntomas son intentos del psiquismo por no enfrentarse a situaciones angustiantes, en estos casos, a los propios pensamientos. Pero el precio que se paga al sustituir la angustia por los síntomas es claramente dañino para el ser humano, ya que incapacitan enormemente y no dejan lugar al crecimiento personal.

Esther Verdaguer y Carlos Carbonell

La estafa de ser felices: tristeza y depresión

[Extracto del texto que sirvió de apoyo a la charla-coloquio, con el mismo título, del 16
de diciembre de 2015 en Cincómonos Espai d’Art, Barcelona]

Ser feliz es un anhelo que ha existido desde siempre en el ser humano y que ha sido
explorado por grandes pensadores. Sin embargo, estamos en una época donde este
concepto está corrompido por nuestra sociedad de consumo, como lo demuestran
algunos eslóganes publicitarios que utilizan la palabra felicidad o derivados.

– “Ser feliz cuesta muy poco” (Media Markt).

– “Destapa la felicidad”, “Haz feliz a alguien” (Coca-Cola).

– “Felicidad. Kinder Sorpresa nos da grandes momentos de felicidad”.

Estos eslóganes son ejemplos que indican que, hoy, la felicidad ha dejado de ser un
ideal, una aspiración, una meta a la que llegar, para convertirse… en un producto de
consumo que resultaría muy fácil de alcanzar (simplemente, comprando el artículo
publicitado). Y, además, sitúa la felicidad en un objeto externo; en este sentido, es
comprensible que muchas personas crean que serían dichosas si les tocara la lotería o
encontraran el (supuesto) amor de su vida.

Sin embargo, estamos ante un concepto de felicidad manipulado y enajenado. La
felicidad, sobre todo, se trata de una producción. Un lugar (simbólico) al que uno
aspiraría a llegar mediante un proceso de análisis y de indagación que puede llevar
toda la vida. Si dejamos que los artículos de consumo o que las fantasías de ser
millonarios o hallar un príncipe azul fundamenten nuestro concepto de felicidad,
estaremos dejando que nos estafen y, desde luego, nos estaremos estafando.

La estafa
Además, es pertinente también cuestionar la expresión “ser feliz”, donde ser remite a
un afecto que se alcanza y, una vez conseguido, uno se queda permanentemente
instalado en él. No hay nada más irreal que tratar la felicidad como algo que se
prolongará sin fin, y ahí cabe abordar los conceptos de tristeza y duelo.

El ser humano siente una resistencia innata a enfrentarse con aquellas emociones que
le causan displacer: rabia, angustia, asco, vergüenza y, desde luego, tristeza. Pero
experimentar tristeza y dejarse caer en un duelo es imprescindible para poder
trascender estos estados afectivos y alcanzar el bienestar.

El duelo, como reacción ante una pérdida (por la muerte de un ser querido, por una
ruptura sentimental, por una pérdida laboral, etc.), implica una serie de consecuencias:
la persona en duelo pierde energía, interés por el mundo y es incapaz de amar, de
gozar y de trabajar como antes. Todas estas reacciones son normales y es necesario
no molestar a quien atraviesa esta fase. Además, minimizar el duelo o creer que
pasará pronto es el camino más directo para agravarlo.

En un proceso de duelo se atraviesan diversas etapas (negación, rabia, negociación,
tristeza y aceptación) y, al final, la persona recuperará la energía con la que salir al
mundo de nuevo. Es decir, se produce un trabajo pesado, fatigoso, pero irrenunciable
para que el doliente salga de su tristeza; y es un trabajo que viene recompensado,
cuando finaliza, por una capacidad renovada para cargar el mundo.

Si el duelo es un proceso normal, con la depresión (a la que aquí llamaremos también
melancolía) se da un proceso patológico. La depresión es la plaga psíquica más grave
de nuestra sociedad (primera causa de baja laboral) y comparte con el duelo algunas
características: la persona deprimida siente una enorme tristeza y una tremenda
dificultad para amar, gozar, trabajar…

No obstante, y a diferencia del duelo, en la melancolía no se elabora ningún trabajo
para superar este estado. Al contrario, viene agravado por una serie de circunstancias
de la que destaca una que se da muy a menudo: el deprimido habla siempre mal de sí
mismo y lo airea sin cesar con frases del estilo “no sé cómo me podéis aguantar”. Ello
sucede porque se ha producido una pérdida inconsciente de algo amado que el
enfermo por depresión es incapaz de comprender, y que hace vital una terapia para
poder desentrañar el origen de su dolencia. Por desgracia, muchos deprimidos sólo
recurren a la medicación, lo que supondrá un parche (a veces, imprescindible) pero
de ninguna manera la resolución del conflicto psíquico.

La melancolía pone, además, en un compromiso al entorno del deprimido, que sentirá
culpabilidad si cree que desatiende al enfermo. Y éste, a su vez, puede caer en lo
que se llama el beneficio secundario de la enfermedad, que es quedarse anclado en
la queja depresiva ya que, pese a ser dolorosa, hace que todo el mundo esté
pendiente de él.

Si el duelo es un camino que nos puede reconducir a una vida plena, la depresión es
una sombra alargada que nos aleja, no ya de la felicidad, sino del simple intento de su
búsqueda, sea cuál sea el concepto de felicidad que se tenga en la cabeza.

La pareja: ¿un engaño?

[Extracto del texto que sirvió de apoyo a la charla-coloquio, con el mismo título, del 21 de junio de 2015 en Cincómonos Espai d’Art, Barcelona]

La cuestión de tener o no tener una pareja o qué tipo de relación de pareja queremos establecer preocupa a todo ser humano en un momento u otro de su vida. Generalmente, se responde en función de las experiencias vitales de cada persona, aunque ésta debería ser una cuestión permanentemente abierta, ya que nadie piensa lo mismo siempre (o, al menos, lo más saludable sería poder revisar y elaborar de forma continua nuestra creencias, pensamientos…).

Pareja01Para abordar la problemática de la pareja, en primer lugar, es necesario distinguir entre amor y enamoramiento. Este último es un estado de locura transitoria, de idealización del objeto amado. Responde al momento inicial de la relación entre dos personas, donde uno cree que el otro es perfecto, que lo completa, que lo es todo para él o ella, e incluso contempla una posible pérdida de esa relación como algo devastador (“sin ti no soy nada”, que dice la canción).

Cuando esta etapa inicial de enamoramiento cede, aparece el otro en la realidad: con sus defectos, con sus incompatibilidades… Ese instante puede ser vivido de forma traumática por uno o los dos miembros de la pareja y dar lugar a expresiones tan típicas como “él (o ella) ya no es el mismo”. Sin embargo, él o ella son exactamente la misma persona que hace tan poco considerábamos perfecta. Es ahí, en ese momento, si se supera esa fase, cuando se puede transitar desde el enamoramiento hasta el amor.

Y el amor es una construcción, un proceso elaborativo en fluir continuo donde intervienen innumerables factores; y donde cada uno debería conservar un cierto espacio personal para permitir que, después, se genere el deseo de reencontrarse con el otro. “Amar no es mirarse el uno al otro, amar es mirar los dos en una misma dirección”, dijo Antoine de Saint-Exupéry.

Sin embargo, estamos en una sociedad que dificulta enormemente el amor. ¿Por qué? Porque confunde el concepto de enamoramiento con el de amor, y hace creer que el amor es aquel momento enajenado del inicio de una relación que, como hemos visto, no tiene nada que ver con el vínculo real que es necesario que se establezca con el otro.

“Sin ti no soy nada”, “Si tú me dices ven, lo dejo todo”, “Morir de amor”, etc. Éstas y muchas otras frases están insertas en miles y miles de canciones que oímos cada día y que se instalan en nosotros sin que lo advirtamos (de forma inconsciente). Lo mismo sucede con los anuncios (donde se venden unas relaciones perfectas) o con las películas románticas, que exhiben unos modelos amorosos absolutamente ficticios (¿alguien se puede creer, de verdad, Pretty Woman?).

Este bombardeo social, en gran parte procedente de los medios de comunicación, provoca que el concepto de pareja, en la actualidad, se vincule de manera férrea a un ideal romántico que acabará resultando inaccesible (e insano, por qué no decirlo). Además, este mismo entorno que inculca estas creencias pone en bandeja, por otro lado, un mercado del amor en forma de webs de citas, locales de ocio para ligar y otras formas rápidas y sencillas (hasta aplicaciones para móviles) para encontrar a aquel / aquella que me complete.

“Por mucho que creamos haberlo superado, los mitos de la media naranja y del príncipe azul siguen grabados a fuego en nuestro sistema de creencias inconsciente”

Todo ello genera que, ante la caída del enamoramiento, uno crea que, en realidad, ha caído el amor y corra rápidamente a este mercado para encontrar a ese sustituto, que (¡al fin!) hará que sea una persona completa y absolutamente feliz. Por mucho que creamos haberlo superado, los mitos de la media naranja y del príncipe azul siguen grabados a fuego en nuestro sistema de creencias inconsciente.

¿Qué provoca todo esto? Un cortocircuito mental, una gran confusión. Y, ahora sí, un engaño. Porque nadie vendrá a completarnos ni nadie evitará que, en nuestra vida, nos enfrentemos a situaciones de sufrimiento. Con o sin pareja.

La relación de pareja, desde luego, puede ser un motor absolutamente estimulante para la vida de los seres humanos. Pero no debemos olvidar que se trata de una producción (es decir, de algo que se tiene que producir, elaborar) y que, como cualquier otra elección en la vida, puede funcionar… o no. Es decir, crear una relación de pareja que aporte bienestar implica un trabajo. Y el éxito nunca está asegurado.

Además, hay que tener en cuenta que en la elección de una pareja se ponen en juego, de forma inevitable, motivos inconscientes. Motivos inconscientes que, luego, se racionalizan, y en ese proceso de racionalización uno se puede llegar a engañar a sí mismo de maneras sorprendentes… y muy dañinas. En este sentido, un proceso de análisis ayuda a la persona a admitir las razones de sus elecciones amorosas, sin que ello tenga que suponer necesariamente una renuncia a dicha elección. Eso sí, al menos, la persona será más consciente de por qué ha elegido a la pareja que comparte su vida y qué puede hacer para mejorar esa relación.

 Esther Verdaguer y Carlos Carbonell

La pulsión de conectividad

Son muchas y variadas las interpretaciones que se han hecho y se pueden hacer de la afirmación, atribuible a Hegel, “yo no puedo decir yo”. Una de ellas, la que interesa para este artículo, es que “todos los otros humanos tienen en común conmigo el ser yoes”. Dicho en términos más cercanos al psicoanálisis, el yo se conforma con lo que toma de los otros, de las múltiples identificaciones con los demás, hasta convertirse en esa instancia pretendidamente identificable y unitaria, tan alucinada como percepción del sí mismo.

La pulsión escópica, el empuje constante que nos lleva a querer ver, puede estar entre las explicaciones factibles del ser humano devenido homo videns, el hombre frente a la pantalla —de televisión, del ordenador, de los móviles inteligentes, etc. Ver cómo es el otro, ver qué hace el otro, saber cómo es el otro, supone un combustible necesario para poner en funcionamiento el motor del deseo. Como un enjambre de abejas que se rozan y se reconocen por el zumbido, el aspecto y determinado movimiento ritualizado, vamos y venimos del yo al otro y del otro al yo, en lo que bien podría llamarse una pulsión de conectividad. Y dado que esos otros de los que libamos no siempre están al alcance de un vuelo próximo al panal, la conectividad pasa por más horas de internet, ya sea para jugar, trabajar o, sencillamente, estar conectado. De paso, así no tenemos que vernos comprometidos en relaciones carnales, aunque la virtualidad también deje una huella ahí donde se pretende aséptica.

Para aquellos que debieron aprender el arte de amar, odiar o ser indiferentes, de pedir, requerir u ofrecer, de necesitar y ser necesarios, en un obligatorio asunto cara a cara, esta pulsión de conectividad que pasa obligatoriamente por un gadget electrónico puede resultar ajena, distante y disruptiva (delete, salir, escape y sus múltiples variantes ante cualquier atisbo de insatisfacción o displacer… y ¿se acabó? el juego). Para quienes han nacido y crecen sumergidos en esta cultura, no hay intercambio sin la mediación de esos objetos, de esos artilugios electrónicos que son mucho más que eso: son un aparato en torno al cual giran las identificaciones, los viajes de ida y vuelta al panal.

¿Por qué, si no, sufren tanto los jóvenes cuando se los sanciona con no poder usar el móvil ni el ordenador?

 

 Fabián Ortiz

Los fantasmas de envejecer. El acompañamiento terapéutico en un proceso depresivo

[…] Hay quienes imaginan el olvido

como un depósito desierto
una cosecha de la nada y sin embargo
el olvido está lleno de memoria
Mario Benedetti

Actualmente pertenecer a la tercera edad no conlleva ninguna ventaja.

Todo en la sociedad está pensado por y para la gente joven. La publicidad nos invade con imágenes de cuerpos esbeltos y treintañeros. En contraposición a esas imágenes repetidas constantemente, la vejez está caracterizada por aspectos deficitarios, enfermedades, pérdidas, etc. Con este panorama por delante, ¿quién querrá pertenecer al grupo de la tercera edad?

La problemática de la vejez se enfrenta con nuestra ideología, sedimento de nuestra historia personal, familiar y de las experiencias vividas. Genera conflictos, no sólo al que está en esa etapa vital, sino también a aquéllos que sin ser ellos mismos viejos, están en contacto diario con los mayores por sus roles profesionales: doctores, enfermeros, familiares: hijos, nietos, (eliminar, me parece que no queda claro: o individuos cualesquiera de la sociedad: vecinos, socios, amigos.)

Socialmente, aparecen muchos prejuicios sobre la vejez que discriminan y apartan al anciano de la vida cotidiana, de los objetos de consumo, de una vida activa, haciendo que se refugien en el pasado porque el presente nos les depara satisfacción alguna.

En algunos casos, expresan esta distancia con frases como “Las cosas en mi tiempo…” marcando que éste ya no es su tiempo.

En otros, intentan mantener todas las actividades que hacían antes, competir con el que eran hace 20 años. Competencia fallida que genera mucha angustia e insatisfacción, porque a esa edad no se trata que trabaje la misma cantidad de horas, que vaya al gimnasio cuatro veces a la semana y mantenga la vida sexual que tenía a los cuarenta años, sino que encuentre el mismo nivel de satisfacción en aquello que hace, “el secreto del buen envejecer estará dado por la capacidad que tenga el sujeto de aceptar y acompañar estas inevitables declinaciones sin insistir en mantenerse joven a cualquier precio”1

Nuestra labor terapéutica consiste en promover una vida activa, promover la participación en actividades sociales, mantener los posibles vínculos laborales, suscitando así el deseo y, según el caso, procurando sustitutos cuando sea necesario.

Proponemos una vejez productiva considerando las transformaciones que acontecen en el anciano y su entorno:

• El mundo exterior, que se restringe, al transformar su lugar de sujeto activo-productivo cediendo esas funciones a favor de las generaciones siguientes.

• El cuerpo declina sus funciones y modifica la imagen de sí.

• Los otros, frente a la transformación de las posiciones identificatorias que se han ocupado y a los cambios en la realidad (pérdidas) se modifican las relaciones intersubjetivas. (no queda claro…de donde lo sacamos’? puede ser del libro tuyo? lo tenes marcado?)

En nuestro quehacer, la queja más extendida por parte de los viejos es la pérdida de la vida social. A medida que pasan los años van perdiendo sus lugares en la sociedad, retrayéndose más al ámbito doméstico con la consecuente pérdida de ideales y proyectos. A su vez, se producen cambios a nivel corporal: modificaciones en la visión, disminución en la audición, alteraciones fisiológicas, pérdida de turgencia en la piel, acumulación de grasa, etc. Y a nivel cognitivo: pérdida de la memoria de hechos recientes, disminución de la curiosidad, irritabilidad, etc. Esto conlleva una serie de duelos de esos lugares, capacidades y objetos perdidos que satisfacían sus deseos.

Para afrontar estos duelos, es necesario que el adulto mayor cuente con recursos para procesar psíquicamente ese momento de su vida, ya que los duelos no resueltos pueden conducir a una depresión.

Llamamos depresión a la reacción que aparece, no solamente frente a la pérdida de una persona amada, sino también a la pérdida de una abstracción como puede ser en este caso la pérdida de la juventud, ideales y proyectos, que se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una disminución de la estima personal.

Hay, en el transcurso de nuestra vida, momentos de crisis, algunos de los cuales sobrevienen por sorpresa y otros no. Una crisis es una situación en la que los recursos con que se resolvía la vida hasta ese momento no alcanzan para poder con la nueva etapa. Todos conocemos los estados depresivos que muchas veces sobrevienen a continuación de la jubilación, la tristeza que conlleva la pérdida de un familiar querido, la depresión derivada de la falta de proyectos de vida, etc.

La tercera edad es un momento vital donde finaliza la vida productiva en cuanto a lo laboral -ya que la productividad en otros campos no tiene por qué terminar- y esto implica una serie de cambios orgánicos, psíquicos y cognitivos frente a los cuales, los recursos con los que se resolvía las situaciones vitales que se le planteaban se muestran insuficientes.
Muchas son las vicisitudes que pueden rodear este momento y contribuir de esa manera a agravar o aliviar las consecuencias de este estado. Es una época en la que suelen coincidir el momento del fallecimiento de los seres más cercanos: pareja, amigos, y el nacimiento de los nietos.

También sabemos que cada uno de los actos, orientaciones y decisiones que damos a nuestra vida –aún los más inocentes- responden a frases, ideas, prejuicios que, la mayoría de las veces, son desconocidos, inconcientes para nosotros mismos.

Aceptando esto, un anciano y un sujeto de cualquier edad que –aún sin saberlo- viva de acuerdo a la idea que dice que en la vejez uno ya no sirve para nada, vivirá este momento como el final de su vida útil, verá por delante un páramo donde el sentido de su vida ha desaparecido. Y esto se puede manifestar como una depresión, una ansiedad desbordada, preocupaciones angustiosas sobre enfermedades corporales y el deterioro cognitivo, etc.

Si, por el contrario, su vida responde a pensamientos que colocan a la vejez más cerca de las palabras que de los deterioros, seguramente podrá disfrutar de la insidiosa dicha de envejecer.

Uno de los cambios que acontece en la vejez es la percepción del tiempo. A lo largo de nuestras vidas, es difícil tomar conciencia de nuestro envejecimiento y pensar la muerte propia, generalmente lo hacemos a través de la mirada de otros: cuando nos encontramos con alguien que hace años que no vemos y observamos en él lo que los años hicieron, automáticamente reflexionamos acerca del paso de tiempo en nosotros.

También comienza a darse un cambio de direccionalidad, ya no pensamos lo que hicimos desde el nacimiento, sino que aparece lo que podemos llegar a hacer en función de lo que falta por vivir: cantidad de libros que podré leer, sitios donde podré viajar, etc.

A su vez, la muerte de amigos y pares hace de la muerte una posibilidad más cercana, ya no es un acontecer lejano que nada tiene que ver con uno. Sobreviene una pérdida, nos sorprende una muerte cercana a nuestro amor.

La muerte se torna palpable, cercana e inquietante, pero el sujeto puede hacer como si nada hubiera pasado, ponerle un plato al muerto todas las noches para la cena y querer –eufórico- vivir cincuenta años más. Pero puede, también trabajar el duelo, renunciar a lo perdido, hacerse mortal aceptando que si no renuncia a lo perdido es porque no soporta enterarse de que alguna vez será lo perdido.

Y junto con esto la preocupación por la trascendencia ocupa un lugar importante: a nadie le gusta pensar que su paso por esta vida no dejó huella alguna, abriendo una serie de preguntas y planteamientos acerca de la vida que llevó, de las cosas que hizo y de los motivos por los cuales piensa que será recordado o no.

En este trabajo presentaremos un tratamiento posible para un caso de depresión en la vejez. Haremos un breve desarrollo de un caso clínico y el dispositivo terapéutico utilizado.

El acompañamiento terapéutico a María comienza en noviembre del 2003 a pedido de un familiar que detecta ciertas dificultades en su quehacer cotidiano. A María le cuesta recordar si ha efectuado las comidas, cuando sale a la calle se encuentra desorientada y con imposibilidad de recordar hacia dónde quiere ir, tampoco recuerda si ha retirado dinero del banco, si ha pagado algunos gastos menores, si ha tomado correctamente la medicación o si ha asistido a sus compromisos sociales. A estas cuestiones se le suma que María quedó viuda hace cuatro años y dicha pérdida la sume en una depresión: tiene dificultades para interesarse y disfrutar de las actividades que realiza, sostener los vínculos sociales y familiares, está desganada, no le interesa arreglarse, etc. En cuanto al estado de ánimo es de tinte triste, lo único que le importa es contar los días que pasaron desde que su marido murió, recordar las cosas que hacían juntos y desinteresarse por los familiares y amigos que aún están vivos.

Dadas las dificultades diarias descritas y el estado depresivo, María pide, al familiar más directo, ayuda para poder desenvolverse mejor en sus hábitos diarios y para no estar largas horas en soledad. En este momento, se inicia un trabajo conjunto entre la familia y el terapeuta que trata a María. Evalúan la posibilidad de un ingreso en una residencia, pero queda descartado por los bruscos cambios que conllevaría.

Entendemos que para determinados casos de vejez es adecuado montar un dispositivo clínico en el propio domicilio en vez de retirar al anciano de sus cosas de toda la vida. Entonces, aparece como un recurso posible para incluirse en el tratamiento individual, el acompañamiento terapéutico.

El acompañamiento terapéutico es un recurso terapéutico eficaz para la asistencia ambulatoria de pacientes que atraviesan una situación crítica o padecen los efectos de cuadros clínicos que implican un deterioro crónico del paciente. El acompañamiento se desempeña en el entorno habitual – familiar y social – del sujeto: desde el domicilio a la calle, así como también en bares, cines, clubes, parques, centros comerciales, etc.

Es recomendable que el acompañamiento terapéutico esté en coordinación con el tratamiento clínico, ya que por sí solo perdería su eficacia.

Los objetivos del acompañamiento fueron tender a mejorar la calidad de vida, sostener los lazos familiares y sociales y acompañar a María en las tareas que presentaban más dificultades y de alguna manera funcionar como su ayuda memoria ante sus olvidos.

El lugar del acompañante es poder escuchar cuando algo insiste para hacerse oír. Esto no quiere decir que el acompañante confunda su posición con la del terapeuta; pero ante la falta del mismo en la vida cotidiana, podemos ubicar una cierta suplencia de esta función.

Cuando se inicia el trabajo, María se encontraba en una situación de independencia imaginaria con la que quería borrar la demanda inicial de ayuda. Como primera estrategia pensamos en crear un espacio en el que pudiese recordar sus dificultades y diera lugar a la acompañante incluyéndolo en dos actividades que a María le interesaban: leer e ir al cine. El acompañante terapéutico le llevaba libros y fijaron un día para asistir a las sesiones de cine. Con el sostén de estas dos actividades que siempre realizaba en soledad, María fue aceptando el acompañamiento y, a su vez, fue aumentando su interés por las otras actividades: taller de memoria y de pintura, que realizaba con otras personas de su edad. La labor consistía en que María las sostenga para no romper dichos vínculos.

Durante cinco años de acompañamiento, los logros fueron la construcción de un espacio de diálogo con la acompañante sobre aquellas cosas que le producían cierto malestar como es la pérdida de la memoria reciente y la afloración de recuerdos de la infancia y de la juventud. Con la sorpresa que la acompañante respondía con una escucha activa, propiciando la palabra de María, que muchas veces silenciaba para no preocupar a sus familiares. Su calidad mejoró notablemente llegando a decir hoy que no se siente como una vieja de 91 años, sino como una mujer mayor con deseos de hacer sus cosas.

El dispositivo en sus inicios se pensó con treinta horas semanales tratando de llenar los vacíos de actividad y la compañía en la vida diaria. A lo largo del tiempo se evaluó la necesidad de tener cuidadoras durante las veinticuatro horas del día que se encargan de su alimentación y de sus cuidados debido a petición de María, que ya no podía realizar las tareas mínimas por sí misma, sin que éstas conlleven un peligro para ella.

De este modo, la labor del acompañante terapéutico quedo reducida a un encuentro semanal en el que se la acompaña al cine, se coordina el trabajo de las cuidadoras, se la lleva a los controles médicos y se informa a los familiares y al terapeuta sobre estas cuestiones.

Ahora, María comparte con la acompañante las películas que ven juntas, los libros y las noticias que lee, habla acerca de las cuidadoras, sin dificultad alguna. El deterioro cognitivo, inevitable para su edad, sigue su curso pero su calidad de vida no se ve dañada por ello.

A través del tiempo, el acompañamiento fue prestando, con su presencia y su sostén, un tiempo para que re-construyera su espacio contando con lo que dispone y no únicamente con las marcas de las pérdidas de familiares, amigos, compañeros de trabajo, de la juventud, de la memoria, etc. De esta manera, María hoy vive un tiempo en el que la añoranza de lo perdido no es lo único importante, convive con ello y disfruta de lo presente.

Hasta la muerte hay que aprender a vivir. Con la muerte convivimos y aprenderemos hasta morir.

1: Salvarezza, Leopoldo: “Psicogeriatría: teoría y clínica”, 2ª Edición, Editorial Paidós, 2002.

 Silvina Fernández y Anabel López

Lo tengo todo… y no tengo nada

Juan, cuando era joven, a punto de terminar su carrera, anhelaba conseguir un buen empleo que le permitiera desarrollar sus ideas profesionales, aspiraba a tener una pareja con la que formar una familia, ser padre de al menos un par de hijos bellos e inteligentes, vivir en una casa cerca del mar, comprarse ese todoterreno lujoso que anunciaban en televisión como pasaporte a la felicidad, disponer de una habitación acondicionada para escuchar música y ver sus películas preferidas, pasar unas vacaciones en aquella isla paradisíaca que un día vio en un reportaje sobre viajes…

Juan, pleno de deseo, se puso manos a la obra, hasta que lo consiguió todo. Todo. Y ahora, apenas superados los cuarenta años, casado, padre de dos hijos hermosos, propietario de esa casa playera y de aquel todoterreno que no le impidió, aun siendo carísimo, hacer aquellas vacaciones de ensueño, con un trabajo bien remunerado que le permite largos ratos de ocio para su música y sus películas, se mira al espejo y se pregunta: ¿por qué me siento así, como vacío, sin ganas de nada? ¿Por qué no disfruto de mi mujer, mis hijos, mi coche, mi casa, mi tiempo de ocio?

Juan, un hombre cualquiera que bien podría ser una mujer cualquiera, forma parte del cada vez más nutrido grupo de seres humanos que creyeron que en sus proyectos de juventud se agotaban los proyectos. La comodidad psíquica es un síntoma y un síntoma es siempre una transacción que el sujeto hace a cambio de algo, casi siempre de un no saber, de un no saber sobre lo reprimido inconciente que anida en él. En el polo opuesto de la comodidad, es la dificultad, el displacer, lo que empuja al movimiento: basta con ver a los niños sobreprotegidos y saturados de pertenencias para adivinar qué dificultades encontrarán en su acceso al aprendizaje, a la investigación necesaria para recorrer los meandros del vivir.

Quien se aburre es un traidor, un traidor de su propio deseo. Como si el deseo fuera el depositario de una promesa inquebrantable, así hay que tratarlo; y como si esa promesa fuera “nunca te abandonaré”. Sólo que, aunque pudiera pensarse que la dirección de esa frase va del deseo al deseante, es exactamente en el sentido opuesto como opera para que funcione.

 Fabián Ortiz

¿El trabajo da felicidad?

Inspirado en la conferencia homónima ofrecida en el EPBCN, dentro del Ciclo de encuentros Psicoanálisis de la vida cotidiana, el 11 de junio de 2010, junto a Mª del Mar Martín.

 “Lo que de tus padres heredaste debes adquirirlo a fin de poseerlo”.

Wolfgang Goethe

Nada de lo que heredemos —y no se trata sólo de dinero o de propiedades, sino de toda herencia— será utilizable o será propio sin un trabajo por nuestra parte. La primera herencia que uno recibe es la de pertenecer a una especie, la especie humana. Y con esa herencia viene otra: una existencia regida por el principio de placer, que consiste en la tendencia del aparato psíquico a permanecer siempre con el menor nivel de excitación posible. Por ese camino, por el de la inacción, el sujeto moriría en poco tiempo: en busca de que nada lo perturbe, de quedarse quieto, a ser posible dormido… perecería por inanición y deshidratación.

A propósito del placer, viene a cuento un experimento de laboratorio que se realizó en 1954. Mientras estudiaba la estimulación de ciertas áreas en el cerebro de ratas, el neuropsicólogo James Olds colocó electrodos en una parte del sistema límbico de los animales, en un área del encéfalo relacionada con el procesamiento de las emociones. El resultado fue que las ratas, estimuladas de modo placentero, buscaban las descargas eléctricas continuamente, presionando el dispositivo que las producía, hasta 5.000 veces consecutivas. Murieron, literalmente, de placer. Salvada la diferencia entre el humano y la rata, sirve el ejemplo para ilustrar hasta dónde se puede llegar si uno se instala en el principio de placer. Por decirlo de otro modo: el ser humano, si no trabaja, derrapa irremediablemente hacia la enfermedad.

Para ver lo importante que el trabajo es en nuestra vida basta con mirar una tarjeta de visita: junto a otros datos aparece la profesión, el cargo, lo que dice a qué se dedica el dueño de la tarjeta. De hecho, cuando alguien se presenta, por lo general, no dice “soy Fulano y trabajo de tal cosa”, sino “me llamo Fulano y soy tal cosa”, como si eso que hacemos nos constituyera un ser. Es decir, que para ser es necesario hacer.

Desde el punto de vista del psicoanálisis, el trabajo es la postergación que impone la realidad para la realización de un deseo y, sobre todo, es un valor que permite al sujeto entregar algo a la sociedad a cambio de lo que recibe de ella. Esto nos permite pensar el trabajo como un vehículo no sólo para ganar dinero que después invertiremos de tal o cual manera, sino para tejer un entramado en el que adquirimos un compromiso. ¿Con quién? Con el mundo, con nosotros mismos y con todos.

El trabajo se puede medir por el valor del esfuerzo, que da la verdadera medida del resultado de ese esfuerzo. Esta distinción es fundamental para el psiquismo, porque significa que después de una primera etapa, la de la infancia, donde se premia el esfuerzo independientemente del resultado de lo que se hiciera, viene otra en la que el sujeto obtiene una retribución de acuerdo al resultado de la obra que realiza. Esa gente que se dedica a trabajos que hace a desgana, de cualquier manera, perdiendo el tiempo, escaqueándose, para luego quejarse de que cobra una miseria, ¿qué edad mental tiene? ¿Son adultos o siguen en la niñez?

También da para pensar dónde están los límites del dinero. Hay sujetos a quienes les resulta impensable poder ganar más de mil, dos mil, tres mil euros al mes. Y, claro, nunca encuentran trabajos que les permitan ganar más que eso, lo que les lleva a pensar que no hay trabajos buenos. Y decirencuentran no es ocioso: es gente que tiende a pensar que los trabajos están ahí, escondidos, agazapados, y que su tarea consiste en encontrarlos, nunca en hacer un trabajo previo —como una formación— que produzca esos buenos trabajos.

Ese trabajo previo bien puede ser el trabajo del análisis, poderoso dispositivo para modificar la vida psíquica. Es decir, la vida del sujeto y de la sociedad en la que está inmerso.

Fabián Ortiz

La dimensión inconsciente del dinero

La crisis, el paro y otras consecuencias de la devastación generada por quienes mueven los hilos de macroeconomía globalizada han instalado en el psiquismo de muchos la creencia —cuando no la convicción— de que las cosas cotidianas son de una manera, de una sola, y de una manera que no es posible cambiar. “No hay trabajo” (o “no hay trabajos buenos” o “el trabajo es un asco”), “el mundo es una porquería” y otras afirmaciones por el estilo corren de boca en boca, amplificadas por los altavoces mediáticos, hasta configurar esa realidad que cada sujeto incorpora para sí y que condiciona su vida.

Decir que sí hay trabajo, que sí hay trabajos buenos y que trabajar es la única manera que posee el sujeto de modificar el mundo en el que vive puede sonar hoy hasta subversivo, pero resulta necesario; por lo tanto, que quede dicho: hay trabajo, hay trabajos buenos y trabajar es la forma de actuar en la realidad para cambiarla. Pensar lo contrario es, además de adquirir con mansedumbre el discurso imperante, buscar una justificación inconsciente para el inmovilismo, para que siga reinante esa dimensión ideológica del dinero heredada de lo familiar. Dicho de otra forma: el dinero es algo psíquico, no es nada de la realidad. Por tanto, analizar la dimensión inconsciente del dinero permite modificar esa aparente realidad única e inmodificable.

El dinero es uno de los más poderosos elementos para el análisis de un sujeto. Así como en los albores del psicoanálisis la sexualidad se convirtió en vehículo y herramienta para explorar la subjetividad, más de un siglo después del nacimiento de esta ciencia es la relación del sujeto con el dinero lo que ha devenido un motor poderoso para el análisis (sin que por ello la sexualidad haya dejado de ocupar un lugar destacado).

Para el hombre de hoy, la sexualidad como secreto mejor guardado está en la cuenta corriente. Es posible e incluso demostrable que, con un par de copas de más o mediante alguna otra sustancia desinhibidora, alguien incluso no muy cercano desvele sus preferencias o fantasías mejor guardadas en cuanto a lo sexual. Sin embargo, pretender saber cuánto gana, dónde lo tiene, cómo lo gasta y otros detalles respecto de su dinero resulta una tarea titánica, cuando no imposible.

Determinadas cifras, topes salariales y otras ideas del sujeto con respecto al dinero no tienen que ver con la clase social, sino con las constelaciones edípicas, con la estirpe, con la herencia más preciada: la ideología (que siempre es inconsciente). Así, aparece una forma de dinero naturalizado: su manera de pensar el dinero es la manera de pensar el dinero. Los pobres piensan que los ricos son tontos, cornudos, aburridos, impotentes, infelices y una larga lista de menesterosidades espirituales. Los ricos piensan otras cosas así de los pobres, sometidos también a su determinado régimen ideológico.

Analizar la dimensión inconsciente del dinero puede resultar muy útil para operar los cambios hacia una vida mejor.

 Fabián Ortiz