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La pulsión de conectividad

Son muchas y variadas las interpretaciones que se han hecho y se pueden hacer de la afirmación, atribuible a Hegel, “yo no puedo decir yo”. Una de ellas, la que interesa para este artículo, es que “todos los otros humanos tienen en común conmigo el ser yoes”. Dicho en términos más cercanos al psicoanálisis, el yo se conforma con lo que toma de los otros, de las múltiples identificaciones con los demás, hasta convertirse en esa instancia pretendidamente identificable y unitaria, tan alucinada como percepción del sí mismo.

La pulsión escópica, el empuje constante que nos lleva a querer ver, puede estar entre las explicaciones factibles del ser humano devenido homo videns, el hombre frente a la pantalla —de televisión, del ordenador, de los móviles inteligentes, etc. Ver cómo es el otro, ver qué hace el otro, saber cómo es el otro, supone un combustible necesario para poner en funcionamiento el motor del deseo. Como un enjambre de abejas que se rozan y se reconocen por el zumbido, el aspecto y determinado movimiento ritualizado, vamos y venimos del yo al otro y del otro al yo, en lo que bien podría llamarse una pulsión de conectividad. Y dado que esos otros de los que libamos no siempre están al alcance de un vuelo próximo al panal, la conectividad pasa por más horas de internet, ya sea para jugar, trabajar o, sencillamente, estar conectado. De paso, así no tenemos que vernos comprometidos en relaciones carnales, aunque la virtualidad también deje una huella ahí donde se pretende aséptica.

Para aquellos que debieron aprender el arte de amar, odiar o ser indiferentes, de pedir, requerir u ofrecer, de necesitar y ser necesarios, en un obligatorio asunto cara a cara, esta pulsión de conectividad que pasa obligatoriamente por un gadget electrónico puede resultar ajena, distante y disruptiva (delete, salir, escape y sus múltiples variantes ante cualquier atisbo de insatisfacción o displacer… y ¿se acabó? el juego). Para quienes han nacido y crecen sumergidos en esta cultura, no hay intercambio sin la mediación de esos objetos, de esos artilugios electrónicos que son mucho más que eso: son un aparato en torno al cual giran las identificaciones, los viajes de ida y vuelta al panal.

¿Por qué, si no, sufren tanto los jóvenes cuando se los sanciona con no poder usar el móvil ni el ordenador?

 

 Fabián Ortiz

Lo tengo todo… y no tengo nada

Juan, cuando era joven, a punto de terminar su carrera, anhelaba conseguir un buen empleo que le permitiera desarrollar sus ideas profesionales, aspiraba a tener una pareja con la que formar una familia, ser padre de al menos un par de hijos bellos e inteligentes, vivir en una casa cerca del mar, comprarse ese todoterreno lujoso que anunciaban en televisión como pasaporte a la felicidad, disponer de una habitación acondicionada para escuchar música y ver sus películas preferidas, pasar unas vacaciones en aquella isla paradisíaca que un día vio en un reportaje sobre viajes…

Juan, pleno de deseo, se puso manos a la obra, hasta que lo consiguió todo. Todo. Y ahora, apenas superados los cuarenta años, casado, padre de dos hijos hermosos, propietario de esa casa playera y de aquel todoterreno que no le impidió, aun siendo carísimo, hacer aquellas vacaciones de ensueño, con un trabajo bien remunerado que le permite largos ratos de ocio para su música y sus películas, se mira al espejo y se pregunta: ¿por qué me siento así, como vacío, sin ganas de nada? ¿Por qué no disfruto de mi mujer, mis hijos, mi coche, mi casa, mi tiempo de ocio?

Juan, un hombre cualquiera que bien podría ser una mujer cualquiera, forma parte del cada vez más nutrido grupo de seres humanos que creyeron que en sus proyectos de juventud se agotaban los proyectos. La comodidad psíquica es un síntoma y un síntoma es siempre una transacción que el sujeto hace a cambio de algo, casi siempre de un no saber, de un no saber sobre lo reprimido inconciente que anida en él. En el polo opuesto de la comodidad, es la dificultad, el displacer, lo que empuja al movimiento: basta con ver a los niños sobreprotegidos y saturados de pertenencias para adivinar qué dificultades encontrarán en su acceso al aprendizaje, a la investigación necesaria para recorrer los meandros del vivir.

Quien se aburre es un traidor, un traidor de su propio deseo. Como si el deseo fuera el depositario de una promesa inquebrantable, así hay que tratarlo; y como si esa promesa fuera “nunca te abandonaré”. Sólo que, aunque pudiera pensarse que la dirección de esa frase va del deseo al deseante, es exactamente en el sentido opuesto como opera para que funcione.

 Fabián Ortiz

¿El trabajo da felicidad?

Inspirado en la conferencia homónima ofrecida en el EPBCN, dentro del Ciclo de encuentros Psicoanálisis de la vida cotidiana, el 11 de junio de 2010, junto a Mª del Mar Martín.

 “Lo que de tus padres heredaste debes adquirirlo a fin de poseerlo”.

Wolfgang Goethe

Nada de lo que heredemos —y no se trata sólo de dinero o de propiedades, sino de toda herencia— será utilizable o será propio sin un trabajo por nuestra parte. La primera herencia que uno recibe es la de pertenecer a una especie, la especie humana. Y con esa herencia viene otra: una existencia regida por el principio de placer, que consiste en la tendencia del aparato psíquico a permanecer siempre con el menor nivel de excitación posible. Por ese camino, por el de la inacción, el sujeto moriría en poco tiempo: en busca de que nada lo perturbe, de quedarse quieto, a ser posible dormido… perecería por inanición y deshidratación.

A propósito del placer, viene a cuento un experimento de laboratorio que se realizó en 1954. Mientras estudiaba la estimulación de ciertas áreas en el cerebro de ratas, el neuropsicólogo James Olds colocó electrodos en una parte del sistema límbico de los animales, en un área del encéfalo relacionada con el procesamiento de las emociones. El resultado fue que las ratas, estimuladas de modo placentero, buscaban las descargas eléctricas continuamente, presionando el dispositivo que las producía, hasta 5.000 veces consecutivas. Murieron, literalmente, de placer. Salvada la diferencia entre el humano y la rata, sirve el ejemplo para ilustrar hasta dónde se puede llegar si uno se instala en el principio de placer. Por decirlo de otro modo: el ser humano, si no trabaja, derrapa irremediablemente hacia la enfermedad.

Para ver lo importante que el trabajo es en nuestra vida basta con mirar una tarjeta de visita: junto a otros datos aparece la profesión, el cargo, lo que dice a qué se dedica el dueño de la tarjeta. De hecho, cuando alguien se presenta, por lo general, no dice “soy Fulano y trabajo de tal cosa”, sino “me llamo Fulano y soy tal cosa”, como si eso que hacemos nos constituyera un ser. Es decir, que para ser es necesario hacer.

Desde el punto de vista del psicoanálisis, el trabajo es la postergación que impone la realidad para la realización de un deseo y, sobre todo, es un valor que permite al sujeto entregar algo a la sociedad a cambio de lo que recibe de ella. Esto nos permite pensar el trabajo como un vehículo no sólo para ganar dinero que después invertiremos de tal o cual manera, sino para tejer un entramado en el que adquirimos un compromiso. ¿Con quién? Con el mundo, con nosotros mismos y con todos.

El trabajo se puede medir por el valor del esfuerzo, que da la verdadera medida del resultado de ese esfuerzo. Esta distinción es fundamental para el psiquismo, porque significa que después de una primera etapa, la de la infancia, donde se premia el esfuerzo independientemente del resultado de lo que se hiciera, viene otra en la que el sujeto obtiene una retribución de acuerdo al resultado de la obra que realiza. Esa gente que se dedica a trabajos que hace a desgana, de cualquier manera, perdiendo el tiempo, escaqueándose, para luego quejarse de que cobra una miseria, ¿qué edad mental tiene? ¿Son adultos o siguen en la niñez?

También da para pensar dónde están los límites del dinero. Hay sujetos a quienes les resulta impensable poder ganar más de mil, dos mil, tres mil euros al mes. Y, claro, nunca encuentran trabajos que les permitan ganar más que eso, lo que les lleva a pensar que no hay trabajos buenos. Y decirencuentran no es ocioso: es gente que tiende a pensar que los trabajos están ahí, escondidos, agazapados, y que su tarea consiste en encontrarlos, nunca en hacer un trabajo previo —como una formación— que produzca esos buenos trabajos.

Ese trabajo previo bien puede ser el trabajo del análisis, poderoso dispositivo para modificar la vida psíquica. Es decir, la vida del sujeto y de la sociedad en la que está inmerso.

Fabián Ortiz

La dimensión inconsciente del dinero

La crisis, el paro y otras consecuencias de la devastación generada por quienes mueven los hilos de macroeconomía globalizada han instalado en el psiquismo de muchos la creencia —cuando no la convicción— de que las cosas cotidianas son de una manera, de una sola, y de una manera que no es posible cambiar. “No hay trabajo” (o “no hay trabajos buenos” o “el trabajo es un asco”), “el mundo es una porquería” y otras afirmaciones por el estilo corren de boca en boca, amplificadas por los altavoces mediáticos, hasta configurar esa realidad que cada sujeto incorpora para sí y que condiciona su vida.

Decir que sí hay trabajo, que sí hay trabajos buenos y que trabajar es la única manera que posee el sujeto de modificar el mundo en el que vive puede sonar hoy hasta subversivo, pero resulta necesario; por lo tanto, que quede dicho: hay trabajo, hay trabajos buenos y trabajar es la forma de actuar en la realidad para cambiarla. Pensar lo contrario es, además de adquirir con mansedumbre el discurso imperante, buscar una justificación inconsciente para el inmovilismo, para que siga reinante esa dimensión ideológica del dinero heredada de lo familiar. Dicho de otra forma: el dinero es algo psíquico, no es nada de la realidad. Por tanto, analizar la dimensión inconsciente del dinero permite modificar esa aparente realidad única e inmodificable.

El dinero es uno de los más poderosos elementos para el análisis de un sujeto. Así como en los albores del psicoanálisis la sexualidad se convirtió en vehículo y herramienta para explorar la subjetividad, más de un siglo después del nacimiento de esta ciencia es la relación del sujeto con el dinero lo que ha devenido un motor poderoso para el análisis (sin que por ello la sexualidad haya dejado de ocupar un lugar destacado).

Para el hombre de hoy, la sexualidad como secreto mejor guardado está en la cuenta corriente. Es posible e incluso demostrable que, con un par de copas de más o mediante alguna otra sustancia desinhibidora, alguien incluso no muy cercano desvele sus preferencias o fantasías mejor guardadas en cuanto a lo sexual. Sin embargo, pretender saber cuánto gana, dónde lo tiene, cómo lo gasta y otros detalles respecto de su dinero resulta una tarea titánica, cuando no imposible.

Determinadas cifras, topes salariales y otras ideas del sujeto con respecto al dinero no tienen que ver con la clase social, sino con las constelaciones edípicas, con la estirpe, con la herencia más preciada: la ideología (que siempre es inconsciente). Así, aparece una forma de dinero naturalizado: su manera de pensar el dinero es la manera de pensar el dinero. Los pobres piensan que los ricos son tontos, cornudos, aburridos, impotentes, infelices y una larga lista de menesterosidades espirituales. Los ricos piensan otras cosas así de los pobres, sometidos también a su determinado régimen ideológico.

Analizar la dimensión inconsciente del dinero puede resultar muy útil para operar los cambios hacia una vida mejor.

 Fabián Ortiz

Reportajes y entrevistas en prensa

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